La máquina social

La máquina de esta decadente sociedad en esta era de las avanzadas tecnologías es como un tren expreso lleno de luces que no discierne para qué corre ni dónde pueden acabar las vías. Y ni siquiera si su destino es una plácida estación o los horrores de un descarrilamiento, al perderse los ralles en la tierra o al borde de un abismo. Por lo demás, sus maquinistas tampoco saben para cuánto tiempo tendrán combustible, y se devanan los sesos pensando para qué corren en este tren, quiénes son sus pasajeros y para qué viajan, pues en el fondo nadie sabe nada de nada.

Un recorrido por este tren, un breve paseo por sus metálicos pasillos, nos da una visión de prosperidad para los de la clase privilegiada y de hacinamiento miserable para los que viajan en segunda. Pero todos muestran en sus rostros el miedo de no saber a dónde va el tren, ni de dónde viene, ni cómo se maneja.

Periódicamente, los pasajeros de nuestro imaginario tren se reúnen para elegir al que se disfrazará de maquinista y a sus ayudantes. Como todos quieren tener el placer infantil de manejar el tren un rato, se hacen propagandas y discursos prometiendo más mejoras, luces más grandes, más comida, y engañan a los de segunda asegurándoles que desalojarán a los de primera de sus camarotes para albergarlos a ellos. Y en la otra sección del tren, juran que cortarán los enganches de los vagones de segunda para que no sigan haciendo bulla. Así, el elegido es el más charlatán, el más mentiroso, el mejor payaso, y empieza a representar sus bufonadas apretando botones y bajando palancas, pero sin poder hacer otra cosa que tocar estruendosas sirenas y acelerar o retardar la marcha de este tren que nadie sabe de dónde viene, a dónde va, para qué viaja, ni cuándo, ni cómo se detendrá.

 

 

 

 

 

Esta falta de grandes Ideales y de grandes visiones, ha encuadrado al hombre en las pequeñas trincheras de ideales pequeños y de visiones de pesadilla.

No se lucha por la Humanidad, sino por un grupo humano, una clase, un sindicato, una secta, un grupo de intereses creados con reminiscencias psicológicas infantiles, y todo bajo la excusa de lo que suelen llamar pomposamente “nación”. Como decía Albert Einstein El nacionalismo es una enfermedad infantil, es el sarampión de la humanidad.

No se analiza la función del Hombre en el Cosmos ni sus relaciones con la Naturaleza, sino sus instintos, sus costumbres, sus temorcillos y cosquilleos espirituales. No se construye pensando en el porvenir, no se elaboran escalones grandiosos para los pasos augustos de los siglos, sino suaves colinas de arena que sirven uno pocos años. Mañana … ¿quién cree, quién sabe si existirá un mañana?

            Pero desde el fondo de cada hombre, late una intuición de la propia importancia y eternidad, y al no poder encontrar un marco adecuado para ninguna obra verdaderamente grande, sobrevienen los tan comunes estados de angustia y desaliento.

            Pese a los muchos intentos que ha habido para resolver estos graves problemas, los idealistas del mundo entero aún no han logrado plasmar nada concreto que responda, en pureza y dimensión, al Motor que los mueve.

 

Autor: Francisco Capacete

 

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